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Yourcenar, Marguerite (2)

En Opus Nigrum (1974) Yourcenar reconstruye la transición y enfrentamiento entre Edad Media y Renacimiento mediante la narración de la vida de Zenón, filósofo, médico, alquimista del siglo XVI, personaje con rasgos de Servet, Paracelso, Campanella, Bruno y algunos aspectos de Leonardo da Vinci. Considerada por la autora como su novela más importante, plantea la oposición entre quien busca la sabiduría y los prejuicios, dogmas y concepciones caducas del poder establecido. La ignominia cae finalmente sobre Zenón (los mediocres siempre usaron la infamia como arma de poder contra los más sabios) y es condenado a la hoguera si no se retracta. 


Yourcenar explica en las notas finales cómo se documentó para recrear la época. Los cargos de acusación reunidos contra Zenón y los detalles jurídicos del proceso fueron extraídos de varias causas de la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVII. Al igual que en Memorias de Adriano, el discurso narrativo se estructura sobre la interpretación de los personajes y su tiempo. 


Esta novela, harto ambiciosa, fue desarrollada a la par por algún tiempo con los primeros esbozos de otra obra, que más tarde se convertiría en las "Memorias de Adriano". Renuncié provisionalmente a ambas hacia 1926... Son dos obras que emprendí en mi primera juventud, que abandoné y reanudé después a merced de las circunstancias, y con las que he convivido durante toda mi vida. La única diferencia, completamente accidental, consiste en que un ensayo de lo que iba a ser OPUS NIGRUM se publicó treinta y un años antes de haber acabado el texto definitivo, mientras que la primera versión de "Memorias de Adriano" no tuvo esa suerte o esa desgracia. Por lo demás, las dos novelas se han ido construyendo a través de los años por capas sucesivas hasta que por fin, en ambos casos, la obra ha sido compuesta y rematada de un solo impulso. 

La "rabia de saber" de Zenón hace que ningún tipo de conocimiento le sea ajeno y que todo lo vea desde una perspectiva filosófica escéptica, que al final le hace sospechoso de herejía y ateísmo, tras ser denigrado y traicionado. El opus nigrum aludía a cierto proceso alquímico relacionado con la separación de la materia, liberando así al espíritu. No quiere Zenón padecer en sí mismo el opus nigrum, "la fase de disolución y calcinación de las formas, que es la parte más difícil de la Gran Obra".

Zenón no pudo hacer otra cosa que asentir: el viento soplaba menos que nunca en favor de la libertad de opinión. Incluso añadió, devolviéndole su cortesía dialéctica al obispo, que decir de una aparición que reside enteramente en la imaginación no significa que sea imaginaria en el sentido tosco del término; los dioses y los demonios que en nosotros residen son muy reales.


Ya no veía, pero todavía le llegaban los ruidos exteriores. Igual que antaño en San Cosme, unos pasos precipitados sonaron a lo largo del pasillo: era el carcelero, que acababa de ver en el suelo un charco negruzco. Un momento antes, el agonizante se hubiera aterrorizado ante la idea de ser apresado y obligado a vivir y a morir unas horas más. Pero toda la angustia había cesado: era libre.




Yourcenar, Marguerite

En los cuadernos de notas a sus Memorias de Adriano (1951), Marguerite Yourcenar nos confiesa que "este libro fue concebido y después escrito, en su totalidad, o en parte, bajo diversas formas, en el lapso que va de 1924 a 1929, entre mis veinte y mis veinticinco años de edad. Todos esos manuscritos fueron destruidos y merecieron serlo... En todo caso, yo era demasiado joven. Hay libros a los que no hay que atreverse hasta no haber cumplido los cuarenta años".
Tras superar algún periodo de "hundimiento en la desesperación de un escritor que no escribe", finalmente retoma el proyecto de "reconstruir desde adentro lo que los arqueólogos del siglo XIX han hecho desde afuera".

Una de las mejores formas de recrear el pensamiento de un hombre: reconstruir su biblioteca.

Si decidí escribir estas Memorias de Adriano en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo.

El emperador Adriano ("si ese hombre no hubiera mantenido la paz del mundo y no hubiera renovado la economía del imperio, sus venturas y desventuras personales interesarían menos"), anciano y ya moribundo, repasa su vida en una larga carta dirigida al joven Marco, su elegido sucesor, en la que trasmite sus ideas y enseñanzas:

... Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz... Amo mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios.
...
Humanitas, Felicitas, Libertas: no he inventado estas bellas palabras que aparecen en las monedas de mi reinado. Cualquier filósofo griego, casi todos los romanos cultivados, se proponen la misma imagen del mundo... Me alegraba de que nuestras vagas y venerables religiones, decantadas de toda intransigencia o de todo rito salvaje, nos asociaran misteriosamente a los más antiguos sueños del hombre y de la tierra, pero sin vedarnos una explicación laica de los hechos, una visión racional de la conducta humana. Me placía, por fin, que aquellas palabras de Humanidad, Libertad y Felicidad no hubieran sido todavía devaluadas por un exceso de aplicaciones ridículas...

Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños -todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas.
Tengo que confesar que creo poco en las leyes. Si son demasiado duras, se las transgrede con razón. Si son demasiado complicadas, el ingenio humano encuentra fácilmente el modo de deslizarse entre las mallas de esa red tan frágil...
Los pueblos han perecido hasta ahora por falta de generosidad: Esparta hubiera sobrevivido más tiempo de haber interesado a los ilotas en su supervivencia; un buen día Atlas deja de sostener el peso del cielo y su rebelión conmueve la tierra. Hubiera querido hacer retroceder, evitar si fuera posible, ese momento en que los bárbaros de fuera y los esclavos internos se arrojarán sobre un mundo que se les exige respetar de lejos o servir desde abajo, pero cuyos beneficios no son para ellos. Me obstinaba en que el más desheredado de los seres, el esclavo que limpia las cloacas de la ciudad, el bárbaro hambriento que ronda las fronteras, tuviera interés en que Roma durara.
Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre.
...
Parte de nuestros males proviene de que hay demasiados hombres vergonzosamente ricos o desesperadamente pobres.

El último y poético párrafo final de la carta-novela, traducida al español por Julio Cortázar, dice así:
Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...
(Dejo Opus Nigrum para otra entrada sobre Yourcenar.)