viernes 26 de diciembre de 2008

Tabucchi, Antonio


La muerte, el amor y el irremediable paso del tiempo son el tema común de las 17 cartas, o monólogos, que se escriben dirigidas a otras tantas mujeres por hombres enfermos de amor y nostalgia, extraviados en sus propias vidas que se agotan, protagonista plural y narrador común de Se está haciendo cada vez más tarde (2002) de Antonio Tabucchi (1943), gran escritor italiano, lusófilo y especialista en Pessoa (Sostiene Pereira, Los últimos tres días de Fernando Pessoa).


Adiós, mi querida Amiga, o acaso hasta que nos veamos en otra vida que indudablemente no será la nuestra. Porque los juegos del ser, como sabemos, están prohibidos por aquello que debiendo ser, ya ha sido.

El médico me ha dicho: usted es el clásico caso de homo melancholicus.

... y ves que es la misma sonrisa de hace cuarenta años, de cuando me dijiste: adiós, mañana nos vemos.
Cómo van las cosas, y lo que las guía: una nimiedad.

Y entonces, piensas, tal vez no sea más que una ilusión, una miserable ilusión, que con todo, por un instante, mientras has tocado esa música, ha sido verdadera de verdad. Y sólo por ella has vivido tu vida y te parece que eso confiere un sentido a la insensatez, ¿no crees?

Llega siempre el momento en el que comprendes que la ilusión sucesiva de los días, o su música, ha llegado a su fin. Si era ilusión, es como cuando, en el instante del alba, los contornos de lo real, antes difusos, se ven invadidos por la luz creciente y se vuelven nítidos, cortantes como hojas, y sin remisión. Si era música, es como si las notas de una orquesta, después del movimiento allegro, scherzoso, adagio y allegro maestoso, se volvieran solemnes y se apagaran lentamente: las luces se amortiguan y el concierto ha terminado.

Quisiera realmente escribirte una carta, un día de estos, una carta total, una carta verdadera y total, lo pienso y pienso cómo sería si te la escribiera: estaría escrita con palabras normales y corrientes, ya desgastadas por las muchas personas que las han dicho y casi ingenuas, si bien inflamadas por las pasiones de un tiempo.

Mucho me temo que el tiempo a nuestra disposición se está acabando. Cloto y Láquesis han terminado su tarea, y ahora me toca a mí.

Si el hombre es capaz de nutrir sus ilusiones,ése es todavía un hombre feliz
Antonio Tabucchi

domingo 12 de octubre de 2008

Updike, John


Quirón se acercó al borde de piedra caliza; su casco hizo un ruido estridente. Una piedrecilla cayó ruidosa al abismo. Levantó los ojos hacia la cúpula azul y comprendió que era verdaderamente un gran paso. Sí, seriamente, un gran paso para el que todo el andar de su vida no le había preparado. No era un paso fácil ni un viaje cómodo: costaría toda una eternidad llegar allí, una eternidad como la del yunque siempre cayendo. Se le hundieron los intestinos; le dolió la pierna herida; le pareció que su cabeza no pesaba. La blancura de la piedra caliza atravesó sus ojos. Una ligera brisa lamió su cara al situarse al borde del precipicio. Su voluntad, un diamante perfecto ahora que estaba sometida a la presión del miedo más absoluto, pronunció la palabra definitiva ...


Epílogo

Zeus había amado a su viejo amigo, y le elevó hasta colocarle entre las estrellas como la constelación de Sagitario. Aquí, en el Zodíaco, unas veces por encima y otras por debajo del horizonte, Quirón contribuye a regular nuestros destinos, aunque últimamente hay pocos mortales que miren con respeto al Cielo, y mucho menos aún que se dediquen a estudiar las estrellas.


El Centauro (1963), National Book Award de 1964 en USA, es la tercera de las más de 20 novelas de John Updike (1932), reconocido como uno de los grandes novelistas norteamericanos ("el azote de la clase media"). La novela transcurre en torno a una escuela de Secundaria de una pequeña ciudad de Pensilvania. Quirón, el más sabio de entre los centauros, es aquí George Caldwell, profesor de Ciencias, contrapunto al conocido personaje Harry "Conejo" Angstrom de otras novelas. La agonía y sacrificio del profesor, vencido por la vida y el trabajo, el desencuentro generacional con sus alumnos y su hijo, Peter (Prometeo), a quien intenta transmitir su sabiduría y rescatar de la mediocridad. Autorretrato del propio autor y su iniciación existencial adolescente; su padre fue también profesor en Pensilvania.


Dar la vida para expiar el antiguo pecado. Fue así como Quirón, el más noble de todos los Centauros (mitad caballo mitad hombre), erraba por el mundo sufriendo el agudo dolor que le causaba una herida recibida accidentalmente.

Quirón, pese a no ser culpable de nada de lo ocurrido, fue alcanzado por una flecha envenenada. Sempiternamente atormentado por el dolor, del que jamás podría curarse, el inmortal Centauro deseó la muerte y rogó que ésta le fuera concedida como expiación del pecado de Prometeo. Los dioses escucharon su plegaria, le aliviaron el dolor y le quitaron su inmortalidad. Murió como un hombre cualquiera, y Zeus le colocó como brillante arquero entre las estrellas.

Josephine Preston Peabody, 1897, Old Greek Folk Stories Told Anew.


Caldwell se dio la vuelta y al volverse recibió en el tobillo el impacto de una flecha. La clase estalló en una carcajada...

domingo 24 de agosto de 2008

Vargas Llosa, Mario

...yo colocaría a Proust, Mann, Joyce… entre los mayores creadores. Lo que quiero decir es que quizá las novelas estén llegando a su fin, porque en el mundo de hoy nos llegan infinitas imágenes e historias directamente a casa. Dudo mucho de que tengamos otro Proust, otro Faulkner. Los grandes maestros contemporáneos escriben de manera breve. Fíjese en Kafka, lo fragmentario que es. Hoy Shakespeare sería un guionista.¿Y quiénes serían los novelistas de hoy día? Hmmmm, es muy difícil contestar a esa pregunta. Creo que Mario Vargas Llosa lo es. "La fiesta del chivo" es indudablemente de las mejores novelas de hoy...,
dice George Steiner en entrevista publicada hoy en EPS.

En La verdad de las mentiras (1990, 2º ed. en Alfaguara, 2002), Vargas Llosa reúne ensayos independientes que analizan novelas y relatos aparecidos en el siglo XX. Aunque, desde luego, faltan muchos autores y títulos imprescindibles para hacerse una idea cabal de la narrativa escrita en ese siglo, creo poder asegurar que, en la arbitraria selección incluida en este libro -pues no responde a otro criterio que a mis preferencias de lector-, se vislumbra la variedad y riqueza de la creación novelesca en el siglo que hemos dejado atrás... Aunque es verdad que el XIX -el siglo de Tolstoi y Dostoievski, de Melville y de Dickens, de Balzac y Flaubert- merece con toda justicia haber sido llamado el siglo de la novela, no es menos cierto que el siglo XX lo fue también, gracias a la ambición y la audacia visionaria de unos cuantos narradores de distintas lenguas y tradiciones capaces de emular a quienes habían llevado tan alto las cimas de la novela. El puñado de ficciones materia de este libro prueba que, pese a las profecías pesimistas sobre el futuro de la literatura, los deicidas merodean aún por la ciudad fabulando historias para suplir las deficiencias de la Historia.

En una sociedad cerrada la Historia se impregna de ficción, pasa a ser ficción, pues se inventa y reinventa en función de la ortodoxia religiosa o política contemporánea, o, más rústicamente, de acuerdo a los caprichos de los dueños del poder.
Los hombres no viven sólo de verdades, también les hacen falta las mentiras: las que se inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que no son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia.
Por sí sola, ella es una acusación terrible contra la existencia bajo cualquier régimen o ideología: un testimonio llameante de sus insuficiencias, de su ineptitud para colmarnos... Las mentiras de la literatura, si germinan en libertad, nos prueban que eso nunca fue cierto. Y ellas son una conspiración permanente para que tampoco lo sea en el futuro.

Los autores reseñados, por orden alfabético, son: Bellow, Böll, Breton, Camus, Canetti, Carpentier, Conrad, Dinesen, Dos Passos, Faulkner, Fitzgerald, Frisch, Grass, Greene, Hemingway, Hesse, Huxley, Joyce, Kawabata, Koestler, Lampedusa, Lessing, Malraux, Mann, Miller, Moravia, Nabokov, Orwell, Pasternak, Solzhenitsin, Steinbeck, Tabucchi, Woolf.

lunes 18 de agosto de 2008

Walser, Robert

Aparece Robert Walser en las novelas de Enrique Vila-Matas como un personaje más.

En Walser, el discreto príncipe de la sección angélica de los escritores, pensaba yo a menudo. Y hacía ya años que era mi héroe moral. Admiraba de él la extrema repugnancia que le producía todo tipo de poder y su temprana renuncia a toda esperanza de éxito, de grandeza. Admiraba su extraña decisión de querer ser como todo el mundo cuando en realidad no podía ser igual a nadie, porque no deseaba ser nadie, y eso era algo que sin duda le dificultaba aún más querer ser como todo el mundo. Admiraba y envidiaba esa caligrafía suya que, en el último periodo de su actividad literaria (cuando se volcó en esos textos de letra minúscula conocidos como microgramas), se había ido haciendo cada vez más pequeña y le había llevado a sustituir el trazo de la pluma por el del lápiz, porque sentía que éste se encontraba “más cerca de la desaparición, del eclipse”. Admiraba y envidiaba su lento pero firme deslizamiento hacia el silencio.

Volví a acordarme de Walser y de su casi permanente estado de sonambulismo. Un ser disociado de la vida común, destilando en soledad una literatura originalísima. Un hombre sin ambiciones... Un hombre modesto, conocedor a fondo de lo que era realmente retirarse y desaparecer de verdad. Alquien que seguramente sólo deseaba decir sus verdades sencillas antes de hundirse en el silencio.

Un asombroso escritor que narraba con una absoluta y extrema ausencia de intención.

Un creador que escribía para ausentarse.

En otros días, yo le veía a él como un personaje literario, no como un escritor ni como una persona que hubiera pasado realmente por este mundo... Pero en vida Walser sí tuvo sensaciones y oído, escuchaba perfectamente el silencio, y es probable incluso que advirtiera (aunque sólo fuera de lejos) que se estaba dando una pequeña fractura o revolución en la literatura, que se estaba produciendo la desarticulación del gran estilo clásico.

El arte de Walser fue ante todo el arte de desvanecerse. Su estrategia, por más que él con sus textos levantara acta de la disgregación de la totalidad y del eclipse del sentido, consistía en no imitar el desorden y dedicarse sigilosamente a ser visto sólo lo imprescindible y a tratar de desaparecer llamando la atención lo menos posible.

Doctor Pasavento (2005)


Esos personajes subalternos, esa ética de la subordinación, unen a Borges con Robert Walser, el autor de "Jakob von Gunten", esa novela que es al mismo tiempo un diario de memorable arranque.

El mal de Montano (2002)





Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada, es decir que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito...


La marginación, hermano, no existe, ya que en este mundo tal vez no haya nada, absolutamente nada digno de desearse. Y, no obstante, has de tener aspiraciones, y hasta diría que apasionadamente. Aunque para no consumirte de deseos, métete esto en la cabeza: no existe nada, nada a lo cual valga la pena aspirar. Todo está podrido.


La masa es el esclavo de nuestro tiempo, y el individuo, el esclavo de la grandiosa idea de la masa. Ya no hay nada bello ni excelente. Lo bello, lo bueno y lo justo has de soñarlo tú mismo. Dime, ¿sabes soñar?

Jakob von Gunten (1909)



En Walser pensaba yo a menudo. Me gustaba la ironía secreta de su estilo y su premonitoria intuición de que la estupidez iba a avanzar ya imparable en el mundo occidental. Me intrigaba la gran originalidad de sus relaciones con el mundo de la conciencia. Y siempre había encontrado infelices pero muy bellos sus melancólicos paseos alrededor del manicomio de Herisau, donde, remedando el destino de Hölderlin, estuvo internado durante veintitrés años, hasta el final de sus días. Desde que entrara en el manicomio de Herisau hasta que murió, no había escrito una sola línea, se había apartado radicalmente de la literatura. Murió en la nieve, un día de Navidad, mientras caminaba por los alrededores de aquel sanatorio mental. Se ha dicho de él que es el poeta más secreto de todos, y seguramente esto se aproxima a la verdad, pues para Walser todo se convertía por entero en el exterior de la naturaleza y lo que le era propio, más íntimo, lo estuvo negando a lo largo de toda su vida. Negaba lo esencial, lo más hondo: su angustia. Tal como él mismo decía en su novela Jakob von Gunten, disimulaba su desasosiego “en lo más profundo de las tinieblas ínfimas e insignificantes”.

Me puse a recordar a Seelig, que se había carteado con Walser, quien había accedido finalmente a que le visitara en el manicomio, de ahí salió ese documento admirable que es Paseos con Robert Walser.

Entre todos los escritores suizos, le parecía el personaje más peculiar y el escritor más original, y quiso tender una mano a ese autor que aparecía citado en los Diarios de Kafka. Lo que no sabía Seelig era hasta qué punto su protegido Walser era un escritor inmensamente original.

Vuelves a mirar a ese jardín que fue el último que vio Kafka, y le oyes decir a la señora: -Vivimos no para vivir, señor Walser, sino para ya haber vivido, para ya estar muertos.


Sé feliz, querido hermano, propónte una meta, aprende y, de ser posible, haz algo bueno y hermoso en favor de alguien. Ven, tengo que irme. Dime, ¿cuándo volveremos a vernos?

jueves 30 de agosto de 2007

Xingjian, Gao

Te has subido a un autobús de línea. Y, desde la mañana, el viejo bus de ciudad reconvertido ha traqueteado durante doce horas seguidas por las carreteras de montaña, mal conservadas, llenas de resaltes y de baches, antes de llegar a este pueblecito del sur.

Así comienza La Montaña del Alma, escrita en los años 80 por Gao Xingjian, escritor chino residente en Francia desde hace algo más de dos décadas, Premio Nobel del año 2000. Nos cuenta el viaje de un escritor desde Pekín a la China profunda en los tiempos de la Revolución.

Ni tú mismo sabes a ciencia cierta por qué has venido aquí. Ha sido por pura casualidad que en el tren has oído hablar a alguien de un lugar llamado Lingshan, la Montaña del Alma. Aquel hombre estaba sentado enfrente de ti, con tu taza de té puesta al lado de la suya, ...

Se cuentan mutuamente sus historias, uno es etnólogo, el otro escritor.¿O son el mismo? Ha sobrevivido a un diagnóstico de cáncer terminal. Obsesionado con estudiar viejas tradiciones, la sabiduría milenaria que va surgiendo en pequeños pueblos perdidos de camino a la mítica montaña, la “Montaña del Alma”, que en chino se dice “Lingshan”, homófona de “lingian”, que significa precisión.

¿Conduce la sinceridad a la precisión? ¿Y la precisión conduce a la Roca del alma? ... ¿No es esta Roca del alma más que un fragmento de dura roca?

Viaje descriptivo, poético, etnográfico, que progresa entre mitos y leyendas que se van mezclando con la propia vida del que narra, monologa, con frecuencia en 2ª persona.

Tú sabes que no hago nada más que hablarme a mí mismo para distraer mi soledad ...

... En este largo monólogo, ‘tú’ es el objeto de mi relato, en realidad es un yo que me escucha atentamente, ‘tú’ no es más que mi propia sombra ...

Tú estás en tu propio viaje espiritual, andas errante por el mundo entero conmigo siguiendo tus pensamientos, y cuando más lejos vas, más te acercas, hasta que, inevitablemente, se vuelve imposible disociarnos; entonces tienes que retroceder un paso y esta distancia que se crea es ‘él’, y ‘él’ es una silueta cuando me abandonas y te alejas.

Viaje de búsqueda e iluminación, búsqueda de la identidad personal y colectiva, de la esencia y el sentido de lo que vemos y sentimos, cuando no queda ya mucho.

Es inútil que vengas tú de lejos en busca aquí de unas raíces.

Hoy no sabes qué impulso te animará mañana, a ti que te tienes bien aprendido todo lo que es menester aprender, ¿qué vas a seguir buscando? ¿queda algo por buscar?

El hombre salvaje, el oso panda, la belleza de esa mujer que has observado, las voces del pasado, las de los que hablan por hablar, las de los que callan. Todo va quedando lejos camino de esa montaña inaccesible, ya más cercana cuando no tiene sentido llegar.

Pronto has penetrado en un barranco oscuro, donde no veías ya ni el mar ni el camino ...

lunes 29 de enero de 2007

Yourcenar, Marguerite

En los cuadernos de notas a sus Memorias de Adriano (1951), Marguerite Yourcenar nos confiesa que "este libro fue concebido y después escrito, en su totalidad, o en parte, bajo diversas formas, en el lapso que va de 1924 a 1929, entre mis veinte y mis veinticinco años de edad. Todos esos manuscritos fueron destruidos y merecieron serlo... En todo caso, yo era demasiado joven. Hay libros a los que no hay que atreverse hasta no haber cumplido los cuarenta años".

Tras superar algún periodo de "hundimiento en la desesperación de un escritor que no escribe", finalmente retoma el proyecto de "reconstruir desde adentro lo que los arqueólogos del siglo XIX han hecho desde afuera".

Una de las mejores formas de recrear el pensamiento de un hombre: reconstruir su biblioteca.

Si decidí escribir estas Memorias de Adriano en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo.

El emperador Adriano ("si ese hombre no hubiera mantenido la paz del mundo y no hubiera renovado la economía del imperio, sus venturas y desventuras personales interesarían menos"), anciano y ya moribundo, repasa su vida en una larga carta dirigida al joven Marco, su elegido sucesor, en la que trasmite sus ideas y enseñanzas:

... Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz... Amo mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios.
...
Humanitas, Felicitas, Libertas: no he inventado estas bellas palabras que aparecen en las monedas de mi reinado. Cualquier filósofo griego, casi todos los romanos cultivados, se proponen la misma imagen del mundo... Me alegraba de que nuestras vagas y venerables religiones, decantadas de toda intransigencia o de todo rito salvaje, nos asociaran misteriosamente a los más antiguos sueños del hombre y de la tierra, pero sin vedarnos una explicación laica de los hechos, una visión racional de la conducta humana. Me placía, por fin, que aquellas palabras de Humanidad, Libertad y Felicidad no hubieran sido todavía devaluadas por un exceso de aplicaciones ridículas...

Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños -todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas.

Tengo que confesar que creo poco en las leyes. Si son demasiado duras, se las transgrede con razón. Si son demasiado complicadas, el ingenio humano encuentra fácilmente el modo de deslizarse entre las mallas de esa red tan frágil...

Los pueblos han perecido hasta ahora por falta de generosidad: Esparta hubiera sobrevivido más tiempo de haber interesado a los ilotas en su supervivencia; un buen día Atlas deja de sostener el peso del cielo y su rebelión conmueve la tierra. Hubiera querido hacer retroceder, evitar si fuera posible, ese momento en que los bárbaros de fuera y los esclavos internos se arrojarán sobre un mundo que se les exige respetar de lejos o servir desde abajo, pero cuyos beneficios no son para ellos. Me obstinaba en que el más desheredado de los seres, el esclavo que limpia las cloacas de la ciudad, el bárbaro hambriento que ronda las fronteras, tuviera interés en que Roma durara.
Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre.
...
Parte de nuestros males proviene de que hay demasiados hombres vergonzosamente ricos o desesperadamente pobres.

El último y poético párrafo final de la carta-novela, traducida al español por Julio Cortázar, dice así:
Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...
(Dejo Opus Nigrum para otra entrada sobre Yourcenar.)

domingo 14 de enero de 2007

Zweig, Stefan

Sintió a la muerte y sintió un amor inmortal: algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía.

Así termina la Carta de una desconocida
(1927), relato sobre el que Max Ophüls realizó la famosa película, una de las cumbres del melodrama romántico, protagonizada por Joan Fontaine (Rebecca). Y, sin embargo, quien haya leído la novela pensará que la joya cinematográfica no es una representación completamente fiel del amor obsesivo que la mujer autora de la carta siente y padece desde su adolescencia por un pianista bohemio y mujeriego que apenas se acuerda de ella. Esta novela corta es uno de los ejemplos de la excelencia narrativa de Zweig.

Me irrita toda facundia, todo lo difuso y vagamente exaltado, lo ambiguo, lo innecesariamente morboso de una novela, de una biografía, de una exposición intelectual. Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento, me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos, los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles, que les quitan tensión y les restan dinamismo.

Stefan Zweig fue uno de los más grandes escritores del siglo XX, de los más conocidos en alemán y muy leído en los años 20 y 30, aunque después algo olvidado. Vienés de familia judía acomodada, aunque la religión judía no formó parte de su educación, sus libros fueron prohibidos en 1936 por la Alemania nazi. Tras el inicio de la guerra se traslada a París y poco después a Inglaterra, donde se le concede la ciudadanía británica. En 1941 se establece en Brasil. En febrero de 1942 se suicida junto a su segunda esposa, Charlotte Altmann. Después de la caída de Singapur creían firmemente que el nazismo se extendería a todo el planeta.
"Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra."

Una de sus obras más conocidas y celebradas es Momentos estelares de la humanidad (1929), sobre la que trabajó durante más de veinte años. Retrata lo que denomina 12 miniaturas históricas, donde narra con su habitual maestría acontecimientos de la historia mundial que desde su punto de vista tuvieron especial trascendencia:
  • La huida hacia la inmortalidad, sobre Núñez de Balboa y el descubrimiento del Pacífico (1513).
  • La conquista de Bizancio (1453).
  • La resurrección de Händel (1741).
  • El genio de una noche, “La Marsellesa" (1792).
  • Aquel minuto en Waterloo (1815).
  • La elegía de Marienbad – la creación poética más significativa de Goethe (1823).
  • El descubrimiento de Eldorado (1848), con el relato de la vida de J.A. Suter, el verdadero dueño de California.
  • Momentos heroicos, Dostoiewski, San Petersburgo (1849).
  • Las primeras palabras a través del océano, Cyrus W. Field, 28 de julio de 1858.
  • La huida hacia Dios, Epílogo al drama incompleto de León Tolstoi “La luz que brilla en las tinieblas”.
  • La hazaña del Polo Sur, Capitán Scott (1912).
  • El tren de libre circulación, Lenin camino de Moscú (1917).

Así comienza Zweig la introducción a estos doce relatos históricos:

El verdadero artista lo es sin duda sin interrupción a lo largo de las veinticuatro horas de su vivir cotidiano pero lo esencial y perdurable de sus éxitos se da en esos breves y raros momentos en que recibe el divino soplo de la inspiración. Otro tanto acontece con la Historia. Admirada como egregia artista y fiel cronista de todos los tiempos, no cabe contemplarla en continua acción creadora.

Goethe le da el respetuoso apelativo de “escenario de la misteriosa obra de Dios”...

(Amok, El jugador de ajedrez o las recientemente reeditadas por El Acantilado La impaciencia del corazón y La curación por el espíritu: Mesmer, Baker-Eddy, Freud merecerían ser comentadas en otras entradas.)