Castro, Rosalía de

¡ADIÓS!

Adiós, montes y prados, iglesias y campanas,
adiós, Sar y Sarela, cubiertos de enramada,
adiós, Vidán alegre, molinos y hondonadas,
Conxo, el de claustro triste y soledades plácidas,
San Lourenzo, escondido cual nido entre las ramas,
Balvís, para mí de tan profundas remembranzas,
Santo Domingo, donde cuanto quise descansa,
-vidas de mi vida, pedazos de las entrañas-,
y vosotras, sombrías paredes solitarias
que me visteis llorar tan sola y desventurada;
adiós, sombras queridas; adiós, sombras odiadas;
otra vez vaivenes de fortuna
para lejos me arrastran.

Cuando vuelva, si vuelvo, todo estará do estaba,
los mismos montes negros, las mismas alboradas,
del Sar y del Sarela, mirándose en las aguas,
los mismos campos verdes, las mismas torres pardas,
la catedral severa oteando lontananzas.
Mas lo que ahora dejo, como una fuente mansa,
en frescura de vida, sin tempestad ni lágrimas,
¡cuánto, al retornar yo, víctimas de la mudanza,
habrán de prisa andado por sendas de desgracia!
Mas yo..., yo, ¡nada temo en el mundo,
que la muerte me tarda!

Némirovsky, Irène



Hija de un banquero judío ucraniano, nació en Kiev en 1903. Escapó con su familia de la Revolución Rusa en 1918 y se estableció finalmente en París, donde se licenció en Letras en la Sorbona. Reconocida como brillante escritora en lengua francesa en los años 30, pero el gobierno francés rechazó su petición de nacionalización. En 1939, ella y su familia se convirtieron al catolicismo, lo cual no impidió que fueran víctimas de las leyes antisemitas promulgadas en 1940 en Francia. Su marido Michel no pudo trabajar más en la banca y a Irène le impidieron publicar. Irène Némirovsky murió asesinada en Autchswitz en 1942, igual que su marido unos meses después. Sus hijas sobrevivieron gracias a su tutora y la ayuda de amigos de la familia. Su madre les dejó una maleta que conservaron durante décadas. En ella se encontraba el manuscrito de la inacabada Suite francesa, cuya publicación en 2004 desencadenó un fenómeno editorial y cultural. La historia del manuscrito y de la propia autora supera y da mayor emoción a la propia novela, que muestra la finura psicológica de sus anteriores obras. Transcurre en el escenario de la ocupación alemana de Francia, y muestra la pérdida de la normalidad, la propia identidad y la dignidad en la convivencia con el agresor.


La novela muestra cómo la vida es siempre más rica y sutil que las convicciones políticas y las ideologías y cómo puede a veces sobreponerse a los odios, las enemistades y las pasiones e imponer la sensatez y la racionalidad. (Vargas Llosa en Bajo el oprobio)

Los alemanes no aparecen más culpables que los propios franceses.

Lucile recordó una confidencia del teniente: "En la Kommandatur -le había contado Bruno (Von Falk)-, el mismo día de nuestra llegada, nos esperaba un paquete de cartas anónimas. La gente se acusaba mutuamente de hacer propaganda inglesa y gaullista, de acaparar productos de consumo, de espionaje... ¡Si les hubiéramos hecho caso, ahora toda la comarca estaría en prisión! Ordené que las arrojaran todas al fuego. Los seres humanos nos vendemos con mucha facilidad, y la derrota despierta lo peor que hay en nosotros. En Alemania ocurrió lo mismo."

Y hasta muestran capacidad de autocrítica.

-Para nosotros, los alemanes, lo que es a la vez nuestro peor defecto y nuestra mejor virtud es la falta de tacto o, dicho de otro modo, la falta de imaginación. Somos incapaces de ponernos en el lugar del otro, lo ofendemos gratuitamente y nos hacemos odiar; pero eso nos permite actuar de un modo inflexible y sin desfallecer.

Incluso pueden hacer sentir ternura.

-Es usted muy bueno, Bruno -musitó Lucile. En ese momento ya no se avergonzaba de amarlo, porque su deseo había muerto y sólo sentía por él pena y una ternura inmensa, casi maternal. Se esforzó por sonreir.

En un apéndice, se incluyen las últimas cartas de Irène. Esta es su última carta.

Jueves por la mañana - julio de 1942, Pithiviers
(escrita con lápiz y sin matasellos)

Mi querido amor, mis adoradas pequeñas, creo que nos vamos hoy. Valor y esperanza. Estáis en mi corazón, amados míos. Que Dios nos ayude a todos.

Bousoño, Carlos

REFLEXIONES ÚLTIMAS

Mar en calma. Con energía
desafiante asume el reto
de entender la sabiduría
inmortal de quedarse quieto.

Más allá de pena y de goce,
¡infinitud en que te enrolas!,
el corazón, al fin, conoce
la ciencia de no tener olas.

La ciencia en que no vuela un ave
ni se escucha un sonido leve.
Luego, sin nadie, el sueño grave.
Sin nadie, la estepa, la nieve.

Orwell, George


George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair (1903-1950), es conocido principalmente por sus novelas críticas con el totalitarismo: "Rebelión en la granja" y "1984" (escrita y publicada en sus últimos años de vida, donde aparece El Gran Hermano que espía y controla nuestras vidas).
Aunque concebida como sátira del estalinismo, Rebelión en la granja es también una fábula moral que transmite un mensaje universal sobre la corrupción del poder y las manipulaciones de la verdad histórica. Los cerdos acaban constituyendo dentro de la Granja una élite que explota a los demás animales que participaron en la rebelión, y los controla mediante la amenaza de los perros y las difamaciones de Chillón, el cerdo chismoso encargado de hacer propaganda y difundir mentiras. Napoleón se erige como único líder. En nombre del bien común, declara traidor, difama y ordena matar a quien se oponga a su poder.
Cubierta delantera
Los Siete Mandamientos de la Rebelión, que "justifican" las medidas que toma Napoleón, van siendo cambiados y adaptados según interesa a la élite gobernante.
Los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros.
Poco a poco los cerdos acaban adoptando todos los defectos del propio hombre por los cuales en su día sustentaron la revolución.
Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.

Aleixandre, Vicente



EL CUERPO Y EL ALMA

Pero es más triste todavía, mucho más triste.
Triste como la rama que deja caer su fruto para nadie.
Más triste, más. Como ese vaho
que de la tierra exhala después la pulpa muerta.
Como esa mano que del cuerpo tendido
se eleva y quiere solamente acariciar las luces,
la sonrisa doliente, la noche aterciopelada y muda.
Luz de la noche sobre el cuerpo tendido sin alma.
Alma fuera, alma fuera del cuerpo, planeando
tan delicadamente sobre la triste forma abandonada.
Alma de niebla dulce, suspendida
sobre su ayer amante, cuerpo inerme
que pálido se enfría con las nocturnas horas
y queda quieto, solo, dulcemente vacío.

Alma de amor que vela y se separa
vacilando, y al fin se aleja tiernamente fría.

Sombra del paraíso (1944)
Clásicos Castalia (1976)

Pamuk, Orhan

La obra de Orhan Pamuk (1952) comenzó a tener repercusión internacional gracias a las alabanzas que hizo Updike de "El astrólogo y el sultán" (1985), publicada posteriormente por Mondadori con el título "El castillo blanco".


Gracias a mis elogios, la historia atrajo sobre todo a los jóvenes interesados en temas como la política, la violencia, las relaciones Oriente-Occidente o la democracia, pero también ellos, como mis compañeros de copas, la olvidaron poco después. Un amigo catedrático que había echado un vistazo al manuscrito debido a mi insistencia me dijo al devolvérmelo que en las casas de madera de las callejuelas de Estambul había decenas de miles de manuscritos en los que bullían aquel tipo de relatos...

El bajá empezó a describirme su enfermedad de tal manera que casi me vi obligado a pensar que se trataba de un mal único que solo padecía él sobre la superficie de la Tierra porque sus enemigos habían engañado a Dios con sus calumnias...

Una casa de las ciencias en la que pudieran trabajar juntos sabios que estudiaran no solo las estrellas, sino el universo entero, los ríos y los mares, las nubes y las montañas, las flores y los árboles y, por supuesto, también los animales, un lugar donde pudieran comunicarse hablando unos con otros lo que habían observado para que así se desarrollaran nuestras mentes...

Le dije claramente lo absurdo que era morir en vano siendo posible vivir huyendo de la peste. Mis palabras, añadidas a sus sospechas, aumentaban los castigos. Pero por aquel entonces empecé a intuir que leyendo mis escritos volvía a recuperar, por mucho que le pesara, el respeto que me había perdido...

Luego dijo que debíamos someter al mismo experimento a una aldea musulmana, pero aquello no le salió demasiado bien: aunque los interrogó sin presionarlos en exceso, ellos, como sus vecinos cristianos, confesaron aproximadamente las mismas cosas, contaron las mismas historias...

Estaba en la cumbre de una colina bastante alta, en sus torres con estandartes se reflejaba el impreciso rojo del sol poniente, pero era blanco; blanquísimo y hermoso. Por alguna extraña razón, pensé que uno solo puede ver algo tan hermoso e inalcanzable en un sueño. Y, en dicho sueño, corres agitado por un camino que serpentea a través de un bosque oscuro para alcanzar la blancura de la cumbre, la blanca estructura; como si allí se celebrara una fiesta que no te quisieras perder, una felicidad que no quieres que se te escape, pero ese camino que crees que está a punto de acabarse nunca termina...

Para mí, una observación de este tipo no es una tontería ni una migaja de información, sino solo un color que puedo usar durante la aventura de crear una ficción, parte de cuyos secretos estoy intentando desvelar. Puede que todo esto sirva para que el autor no olvide el libro y recuerde un pasado que amó, pero los colores no se agotan simplemente explicando cómo se han encontrado y acumulado.

En "Otros colores", reúne Pamuk notas, ensayos, pequeños relatos, "fragmentos de vida que todavía no han encontrado su camino en ninguna de mis novelas". Escribe sobre política, sus lecturas, sus libros y especialmente sus recuerdos. El primer texto, "Mi padre", concluye así:

"Mucho después todo eso quedó atrás y la envidia y la ira que sentía por un padre que nunca me reprimió ni me hirió fueron conviertiéndose lentamente en resignación y aceptación del inevitable parecido que había entre nosotros. Ahora, cuando refunfuño de algún imbécil, o protesto ante el camarero de un restaurante, o juego con mi labio superior, o arrincono determinados libros sin haberlos terminado, o beso a mi hija, o saco dinero del bolsillo, o saludo a alguien con actitud bromista y feliz, me descubro imitándole. No es que mis manos, mis brazos, mis muñecas o el lunar de mi espalda se parezcan a los suyos. Es algo que me asusta, me da escalofríos y me recuerda mis deseos infantiles de parecerme a él: la muerte de cada hombre empieza con la de su padre."

El relato que cierra el libro, "Mirar por la ventana", tiene también como tema la niñez y la ausencia del padre que desaparece.

"Me cogió en brazos y estuvimos largo rato mirando juntos por la ventana. Las copas de los altos cipreses que había entre el edificio de enfrente y el nuestro empezaron a mecerse lentamente con el viento. Me gustaba cómo olía mi padre.
-Me voy lejos -dijo, y me besó-. No le digas nada a tu madre, ya se lo contaré yo luego."


Pamuk fue llevado a juicio en 2004 por sus declaraciones sobre las matanzas de armenios y kurdos. En 2006, recibió el Premio Nobel de Literatura.

Quignard, Pascal

Reconocido como el mejor escritor francés vivo, Pascal Quignard (1948) ha recibido prácticamente todos los premios de la literatura francesa. Con más de 50 obras, sólo una docena son realmente novelas. Creador de pequeños tratados, 53 en La Vida Secreta, que el autor no considera novela, al igual que El sexo y el espanto, tratado sobre erotismo romano, fruto de su observación en las ruinas de Pompeya y Herculano.

En La lección de Música, Quignard incluye tres relatos que tienen en común la reflexión sobre la música y la voz humana. El primero de ellos es un episodio extraído de la vida de Marin Marais, origen de la posterior Todas las mañanas del mundo.


Marin Marais, con altivez, sostiene en la mano izquierda el mástil de la viola que muestra delante de él. Voy a tratar de la muda de la voz humana, del momento en el que el timbre de la voz que articulan los hombres muy jóvenes experimenta un cambio, a la vez que su sexo se acrecienta y cae y les aparece el vello. Este ensombrecimiento de su voz es lo que los define y lo que les hace pasar del estadio de muchacho al de hombre. Los hombres son los ensombrecidos, esos seres de voz oscura que, hasta la muerte, vagan errantes en busca de una vocecita aguda de niño que abandonó su garganta. Tengo presente el recuerdo de un episodio de la vida de un músico de finales del siglo XVII, justo en la edad en que se separaba de su infancia...

Ha perdido su voz, ha seguido la calle del Arbre Sec y bordeado la orilla del Sena. Lo ha abandonado la infancia, el verano ha terminado, se ha apresurado en llegar a casa de Saint Colombe. Durante tres siglos no se supo nada de la obra de Saint Colombe. No se había conservado nada; Paul Hooreman encontró en 1966 cinco conciertos para dos violas de una belleza muy difícil y dolorosa...

¿Dónde está mi infancia? ¿Dónde está mi voz? ¿Dónde estoy yo, o al menos dónde estuve? No me conozco ya ni de oídas. ¿Cómo recobrarme en mi voz? ¿Cómo acordarme siquiera del motivo de mi lamento, yo que ya sólo puedo expresarlo con una voz gruesa que sin cesar lo recrimina y le da miedo y lo aleja?

Ésta es la vocación que Marin Marais se forjó: convertirse en el virtuoso de la voz baja, de la voz mudada hasta el punto de volverla imposible para cualquier otro.

Tocar la viola es estrechar el resonador más antiguo. Extraer el sonido de un gran vientre, una gran bolsa de piel convenida en caja de madera.

...Toda percepción sonora es un reconocimiento y la organización o especialización de ese reconocimiento es la música. Las lenguas nacionales sólo son pequeños fragmentos de música, pequeños distritos de música... El placer que se experimenta en el momento de la audición de una música tonal es regresivo...

Quienes escriben libros y tienen en alguna estima la belleza, atraen hacia sí un fanstasma de voz sin que puedan pronunciarla; intentan llamar a voces hasta en el silencio de su libro a una voz que precede a una voz, lo más a menudo muerta y siempre demasiado significante. Igual que los músicos que llaman a gritos a una voz siempre más viva, es decir, más insignificante, más infantil, más orgánica; una voz que es anterior a la muda y que los ha hecho decidirse por la música instrumental o la composición musical.

La invención del relato: el tiempo humano se resume en eso. La invención de la melodía no es humana y lo precede.

Pero no existe nada más. El sufrimiento humano está ligado a la música porque el sufrimiento humano resuena en el tiempo y en la voz masculina; y ésta resuena en el aire atmosférico que envuelve, de repente, el rostro durante varios meses antes de que el grito se haga lenguaje. Incluso Dios es pasado, nacimiento que vuelve a lo actual, a lo que nace. Lamento y música. El lamento es una muda del grito.

Todo aleja del silencio divino. La música está hecha para tentar lo que vive, arte que atrapa en su red a los espíritus del aire, los amores, los odios, los affetti. Los sonidos los convocan mientras los invitan o los llaman a voces.

Había elegido como instrumento de su arte el bajo, el bajo de viola, instrumento al que, en efecto, condujo al olvido por su virtuosismo, por su habilidad retorcida que daba paz a su tormento, por la belleza expresiva de sus piezas, rivales de la voz, por la extremada dificultad de sus piezas, de las cuales la más bella y tal vez la más difícil lleva por título Les Voix Humaines.

Al final de su vida, Marais se volvió sombrío y se retiró en el silencio, dejando abierta la puerta a la familia de los violines, a los venecianos y a los napolitanos.